Viajes mochileros por el mundo

La Ruta del desierto: de Palmyra al Éufrates

Este relato está dedicado a Khaled Al Asaad, uno de los arqueólogos más brillantes de Siria y digno sucesor de la reina Zenobia en la defensa de Palmyra, que fue decapitado por no querer revelar a los salvajes de ISIS dónde habían escondido los tesoros de la ciudad.

Y también a la memoria del templo de Baalshamin, del templo de Bel, del Arco de Triunfo y de mis amadas torres funerarias, cuya majestuosidad ya no podrá ser contemplada nunca más, tras caer víctimas de la barbarie en el último mes y medio.

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Khaled al Assad


 

LA RUTA DEL DESIERTO: DE PALMYRA AL ÉUFRATES. 19 de marzo de 2008

Aquel fue uno de los días más especiales de mi vida.

Estábamos en Palmyra, la legendaria ciudad de la reina Zenobia situada en mitad del desierto sirio. Un par de días antes habíamos conocido por casualidad a Mohammed, un hombre afable y un poco loco que regentaba uno de los restaurantes más peculiares de la ciudad, el Spring restaurant. Estábamos compartiendo consejos de viaje con una pareja de franceses cuando apareció él como un torbellino, y antes de que pudiéramos darnos cuenta nos habíamos dejado conducir a su restaurante, donde disfrutamos de una buena cena (plato único, eso sí; pero me preparó una opción vegetariana muy rica). Se sentó con nosotros, y conectamos bastante bien.

Pasamos el día siguiente recorriendo las fascinantes ruinas de la ciudad antigua. Me sentía afortunada ya entonces por estar allí, sin sospechar que sólo unos pocos años después estarían amenazadas de muerte. Disfrutamos muchísimo cada minuto; fuimos recorriendo cada zona con detenimiento, hablando con la gente  que íbamos encontrando, entrando en las tumbas antiguas con respeto (carecían de cualquier tipo de protección), sintiéndonos maravillados en lugares como el Teatro.

Ya de noche volvimos a encontrarnos con Mohammed; esta vez nos llevó a la jaima que tenía instalada en el techo, y tuvimos una cena muy especial. Le preguntamos muchas cosas sobre la cultura de los beduinos y sobre el país en general. Nos contó mucho, tanto cosas buenas como malas. Así nos enteramos de que era frecuente el turismo sexual femenino, y de cómo vivía la gente común del país, de lo pobres que eran algunas zonas. También de otras cosas sobre las que acordamos guardar secreto, porque podrían ponerlo en peligro. Acabé intentando enseñarle un poco de español, era impresionante la rapidez con la que absorbía las nuevas palabras y conocimientos. Me regaló un vestido tradicional de beduina, y luego Jorge y yo regresamos caminando al hostal en que nos hospedábamos. Qué gente tan maravillosa la de Siria, pensábamos. Y lo mejor estaba por llegar.

 

El día siguiente, el 19 de marzo de 2008, fue el gran día del viaje. Aún estaba bastante oscuro fuera cuando subí  sin hacer ruido las escaleras que conducían a la puerta exterior: me había levantado muy temprano para contemplar el amanecer desde la terraza de nuestro alojamiento. El sol se elevó perezoso sobre la ciudad, y yo volví a cama un ratito más. Cuando nos despertamos de nuevo y salimos algo más tarde, vino Mohammed para hacernos compañía mientras desayunábamos, y charlamos un rato. Había encontrado a unos señores para que nos llevasen en coche por el árido desierto. Nuestro plan era atravesarlo desde Palmyra hasta el Éufrates, deteniéndonos para hacer algunas paradas interesantísimas de camino. Nuestro conductor era un profesor jubilado, también percusionista aficionado, que vendría acompañado por uno de los compañeros de su grupo musical. Al rato llegaron, y así los conocimos; ambos eran encantadores. Vamos a pasar un día estupendo con estos dos señores, pensé. Pero aún desconocía hasta qué punto sería especial.

Nos despedimos de Mohammed y partimos en el coche viejo del señor (un Peugeot 304, los últimos se fabricaron en 1980). La primera parada fue en el castillo de Palmyra, el Qala’at ibn Maan, una imponente fortaleza del siglo XVII que se eleva sobre una colina rocosa desde la que se divisa toda la ciudad antigua. En aquel momento no se podía visitar su interior, así que disfrutamos de la hermosa panorámica. Se apreciaba muy bien la línea recta alrededor de la que se disponían los edificios en ruinas, y se veía incluso la avenida de tumbas metida en el valle que se adentraba en el desierto: el lugar que más amé de aquellas ruinas.

 

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Desde el castillo

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El Valle de las Tumbas

Volvimos al viejo vehículo y continuamos el camino, adentrándonos en la tierra ocre del desierto sirio. El terreno era llano, cubierto de una especie de fino polvo y piedrecillas. Hacía calor, bastante calor. En algunas zonas no había carretera de ningún tipo, simplemente íbamos avanzando en línea más o menos recta, dejando una estela polvorienta por donde pasábamos. Al cabo de una hora apareció el primer pueblo beduino. Todos los hombres allí llevaban thawb, la ropa típica de la gente del desierto: largas túnicas, casi todas grises, negras o marrones –también se veían algunas blancas-. La mayoría de ellos llevaban kufiyas (lo que conocemos aquí como palestinas), casi todas rojas, en la cabeza.  Muchos beduinos se habían acercado a la aldea a comprar y vender alimentos; era día de mercado. Las mercancías reposaban sobre la acera de cemento, y por todas partes se veían aparcados coches viejos y carros tirados por burros. En una de las calles polvorientas que atravesamos unos hombres daban muerte a unos carneros, justo delante de la carnicería donde sonreía un muchacho junto a una oveja aún viva. Debía haber ya 3 o 4 muertos, tirados sobre la calle de tierra.

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El mercado del pueblo beduino

Después volvimos al desierto infinito, al sol sin piedad. Los dos señores, curiosamente, iban bastante abrigados. El polvo se colaba por todas partes, y en los asientos de atrás se notaba más aún, así que en algún momento hasta nos pusimos una mascarilla.

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Tras conducir un buen rato en medio de la nada, con la única compañía de unas colinas lejanas del mismo color del desierto que se divisaban a lo lejos, los señores pararon el coche. ¿Os apetece un té? -nos dijeron. Contestamos que por supuesto, y en un momento sacaron un termo con té que habían preparado previamente para el viaje y lo sirvieron en unos vasitos de cristal. Aquellos señores eran un amor. Compartimos con ellos un rato estupendo de risas y conversación mientras tomábamos el té, y después incluso le enseñaron a Jorge algunos pasos de un baile típico de la zona. Ellos hablaban poco inglés, pero aún así conseguíamos comunicarnos bastante aceptablemente. Qué bien lo pasamos.

 

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Té en el desierto

Reanudamos la marcha, ahora ya por una carretera desvaída. Ahora se veían muchos carneros y ovejas en el desierto; en aquella zona había bastantes arbustos resecos y hierbajos, que desconozco si quizá les servirían de alimento. Tras otros 40 minutos de trayecto polvoriento, llegamos a un lugar en medio de la nada: la antigua fortaleza Qasr Al-Hayr Al-Sharqi, del siglo VIII, mandada construir por el califa Hisham ibn Abd al-Malik. Pocos viajeros se acercaban hasta esta zona, sin sospechar lo imponente que es esta construcción del período omeya. El recinto en su día fue enorme, pues estaba rodeado por una gruesa muralla de 17 km de longitud; y esa muralla albergaba en su interior un hermoso tesoro: dos recintos palaciegos, un hammam, varios jardines, un canal de agua y hasta una pequeña posada para viajeros. Se cree que se puede tratar del Qasr Zaytuna que mencionan algunos escritos antiguos. Cuando fue construido aquellas tierras eran más fértiles; el canal de agua medía nada menos que 30 km, había fauna en abundancia y los jardines rebosaban vida. Y ahora estábamos nosotros allí, rodeados únicamente de un desierto árido y lleno de polvo y piedras. El paso del tiempo…

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Qasr Al-Hayr Al-Sharqi. Palacio pequeño

Entramos en los dos recintos. El pequeño se conservaba mucho mejor, pero ambos eran interesantes. En el grande había aún muchas columnas y arcos en pie. Pudimos ver los restos de una mezquita, una almazara de aceite, un aljibe y una gran piedra con una extensa inscripción grabada en ella, con unas letras que se parecían a las griegas. El palacio pequeño estaba cerrado por una puerta metálica oxidada, pero la llave no estaba pasada y entramos. En las esquinas de esta especie de castillo había torres de forma circular, y en los laterales exteriores había otras torres en forma de semicírculo. Dentro había algunas zonas poco excavadas, que seguían en ruinas, pero otras conservaban unas hermosas columnas. En una de las paredes encontramos un arco decorado con policromía rojiza, desafiando el paso del tiempo. Nos gustó mucho este lugar perdido en el desierto.

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Dentro del Palacio

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Cuando íbamos a salir, los señores nos dijeron que teníamos que esperar a que llegara el guardián del recinto para pagarle la entrada, y eso hicimos. Llegó al cabo de un rato, sonriente. No hablaba una palabra de inglés ni de francés. Le pagamos y nos hizo gestos para que lo acompañáramos a su casa, una humilde choza de una única habitación en la que no había muebles, tan sólo un suelo recubierto de alfombras y algunos jergones delgaditos y mantas doblados junto a una esquina. Allí estaban su mujer, sus cuatro hijas y su hijo. Nos invitaron a sentarnos en el suelo. Nos quitamos los zapatos, los dejamos en la entrada y nos unimos a aquella gente tan hospitalaria. Yo en esa época estudiaba árabe, e intenté comunicarme con la familia. Enseguida me rodearon las niñas, e intentaban hablar conmigo. La madre me dio un té, y conseguimos comunicarnos con frases sencillas. Así supe cómo se llamaban, la edad que tenían, y que vivían felices allí. Fue maravilloso. Las niñas estaban encantadas conmigo, y yo con ellas. La pequeña que estaba sentada a mi derecha era muy espabilada, y me conquistó totalmente. Se llamaba Hibah, que significa “don, regalo”.

 

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Con la familia

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Hibah

Mientras me bebía despacio el té, saboreando mucho más aquel momento tan especial que la bebida en sí misma, llegó un pequeño grupo de extranjeros que también habían ido a visitar el Qasr. Entonces los señores fueron un momento al coche, y volvieron con un viejo laúd y un improvisado instrumento de percusión. El señor de la casa sacó una especie de violín que se había fabricado con una lata, unas cuerdecillas y unos palos, y se pusieron a tocar. Hibah se levantó y se puso a bailar al estilo tradicional beduino, y Jorge y otro chico acabaron animándose a bailar también. Estábamos tan a gusto que nos pasó el tiempo volando.

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El padre de la familia

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Concierto tradicional improvisado

Cuando nos dimos cuenta era un poco tarde ya. Nos hubiéramos quedado allí mucho más, pero si llegábamos muy tarde al otro lado del desierto los señores, que tenían que atravesarlo de nuevo para regresar a Palmyra, llegarían demasiado entrada la madrugada a sus casas. Así que nos despedimos con agradecimiento y pena de aquella gente maravillosa, pensando que me encantaría volver allí algún día. “Maa salama!”. Y nos fuimos.

Maa salama. “Con paz”. Las palabras árabes de despedida. Eso les dije, sin sospechar que unos pocos años después, sin habernos vuelto a ver nunca, sufriría tanto, tanto, cada vez que veo noticias de Siria en el telediario. Por Hibah y sus hermanas. Por su hermano. Por sus padres. Por los dos señores. Por Mohammed. Qué absurdas son las guerras, joder. Ojalá todos hayan podido escapar de allí, y toda la gente anónima que había como ellos. Pero sé que viviendo en aquel lugar en concreto lo habrán tenido muy difícil. ¿Qué habrá sido de ellos? Quizá nunca lo pueda saber…

 

En aquel momento subimos al coche y seguimos. Nos quedaba un buen camino hasta llegar a Rasafa, la milenaria Sergiopolis de tiempos de los romanos, citada ya incluso en el Antiguo Testamento. El desierto en aquella zona era ligeramente más fértil, y abundaban los hierbajos. Empezamos a ver de vez en cuando dromedarios, algunos salvajes y otros domesticados, que pastaban en aquella tierra pedregosa.

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Dromedarios

Hora y media después de despedirnos de la familia llegamos a Rasafa, al fin. ¡Qué lugar más fascinante! Me sorprendió mucho encontrar una ciudad tan grande en medio del desierto, y pese a que no se conservaban muchos edificios, el lugar me maravilló.

Entramos por la puerta norte, y pronto descubrimos que aún era posible pasear por lo alto de sus murallas legendarias; cada 30 metros, más o menos, había una torre. La ciudad tuvo su origen en el siglo IX a.C, y prosperó después por estar situada estratégicamente en el itinerario de varias rutas caravaneras. A partir del siglo IV la presencia en ella de los restos de San Sergio, un soldado romano cristiano que fue decapitado allí, hizo que se convirtiera en un lugar de peregrinación religiosa. Años después, en el 425, le cambiaron el nombre por Sergiopolis en honor al mártir enterrado en ella. El califa Hisham la eligió como su lugar de residencia tres siglos más tarde, cuando ya se había convertido en una floreciente ciudad; se construyeron palacios, un caravasar, un zoco cubierto, una mezquita… Pero las invasiones de los mongoles a partir del siglo XIII acabaron haciendo que quedase deshabitada.

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Vista desde las murallas

Con el paso de los siglos el desierto se había adueñado también de aquella ciudad, cubriéndola de un polvo pálido. ¡Quién diría que por allí había pasado una vez una de las principales vías de comunicación del mundo, ya en la época de los romanos! Muchos edificios se habían esfumado por completo con el paso del tiempo, pero aún quedaban los restos de tres basílicas, una iglesia de planta central, un caravasar o posada para viajeros, y algunas estructuras más.

Desde lo alto de las murallas fortificadas se hacía más patente la devastación que los siglos y el desierto voraz habían causado en aquel lugar. Estábamos prácticamente solos, a excepción de un par de parejas que paseaban a lo lejos y algunos niños sirios que corrían por el recinto, jugando alegres. Bajamos de la muralla y fuimos paseando por el inmenso recinto; se veía que aquello estaba sin excavar de forma sistemática; al pasear encontramos en varios puntos restos de vasijas y cerámica antigua, en trozos dispersos por el suelo.

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Rasafa

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Basílica de San Sergio

Entramos en la basílica más cercana al lugar donde estábamos, y resultó ser precisamente la Basílica de San Sergio, el edificio mejor conservado de Rasafa. El lugar era aún imponente, pese a los visibles estragos que el abandono durante siglos había producido. Era una gran basílica bizantina, y se construyó en el siglo V. Una amplia nave central, separada de las dos alas por unos grandes arcos apoyados en columnas, constituía el núcleo del edificio, al que con los siglos se fueron añadiendo anexos. Aún se conservaban bastante bien sus columnas majestuosas coronadas por arcos, su ábside, algunos capiteles, etc. San Sergio y San Baco fueron muy venerados en los siglos posteriores a su muerte, y se creía que eran protectores del ejército. Por eso este lugar acabó convirtiéndose en uno de los centros de peregrinación más importantes del Este del mundo cristiano. También se podía ver un pozo muy bien conservado, tanto que al parecer sigue siendo utilizado por las familias de la zona. Estuvimos un buen rato allí, explorando la basílica, y luego continuamos nuestro camino.

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Basílica

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Al final del recinto nos topamos con un lugar desde donde un gran hueco alargado permitía contemplar a la altura casi del techo una pequeña parte de las inmensas cisternas bizantinas que abastecían de agua la ciudad antiguamente. Y entonces vimos una escalera estrecha que descendía adentrándose en la oscuridad. No llevábamos linterna, así que iluminándonos nada menos que con el flash de la cámara y revisando las fotos para asegurarnos de que no había peligro alguno, descendimos con mucho cuidado. Al llegar abajo vimos que el hueco de una puerta se abría hacia la derecha, y pasamos:  así nos encontramos en el interior de las magníficas cisternas, realmente impresionantes; algunos huecos en la parte superior y en la pared posterior de la construcción dejaban pasar la luz, y aquello casi parecía una catedral humilde, con sus bóvedas de cañón cubriendo los altos muros. Como en Sergiopolis no había manantiales ni ríos cercanos, estas cisternas recogían el agua del invierno y la primavera y abastecían de agua a la ciudad. Creo que fue lo que más me cautivó de Rasafa, aquella preciosa sorpresa que nos ofreció el subsuelo.

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Las cisternas

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El Martirio

Una vez terminamos de explorar Rasafa volvimos al coche, y reanudamos la marcha. Maravillados aún, continuamos recorriendo Sergiopolis. Tan sólo nos quedaba una pequeña parte del recinto amurallado por visitar. Dejamos para el final una pequeña iglesia de planta central, conocida también como el Martirio, en la que fueron enterrados en un principio tanto San Sergio como sus compañeros Julia y Baco. Tenía un ábside y algunos elementos bien conservados, y algunos detalles de la decoración estaban tallados como si fueran de encaje. Era pequeña, y la vimos bastante rápido.

Continuamos ya sin detenernos más, atravesando siempre aquel desierto polvoriento, hasta que una hora después llegamos a una zona donde la tierra empezaba a ser más fértil, e incluso se veían zonas verdes y cultivos. Acabábamos de entrar en la cuenca del río Éufrates. Al encontrarnos con la carretera principal tomamos la dirección Oeste, y desde allí otro desvío poco después, a la izquierda, nos condujo a la presa de Tabaqah, por la que se podía cruzar el río. Estaba prohibido tomar fotografías, por tratarse de una zona estratégica militar, así que guardamos la cámara. El río era muy ancho, y vimos que allí, a nuestra izquierda, se formaba un gran embalse: el lago Al Assad. Lo bordeamos durante un rato, hasta llegar junto a una isla en la que se alzaba una fortaleza: Qal’at Ja’bar. Se cree que el castillo fue construido en el siglo XII, y está bastante bien conservado; incluso hay un puente que lo comunica con tierra. Ya estaba cerrado cuando llegamos, así que fuimos a un restaurante situado a orillas del lago a comer algo. Nos trajeron hummus, patatas, verduras, otra pasta de consistencia similar al hummus pero roja, y pescado. En un momento dado uno de los señores cogió un poco de pescado y me lo dio a comer en la boca. Se me hizo un poco raro, aunque sé que es un signo de gran aprecio.

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Qal’at Ja’bar

El sol se estaba poniendo mientras cenábamos, y después los señores cantaron algunas canciones. Lo pasamos muy, muy bien con ellos. Terminada la estupenda velada, volvimos al coche y nos llevaron a un lugar donde paraba el autobús que nos conduciría a Aleppo. Nos despedimos de ellos, felices del día tan maravilloso que habíamos compartido. Cruzarían el desierto bajo un manto de estrellas de camino a casa, y a nosotros nos recogería un bus un poco después.

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De sobremesa

Llegamos a Aleppo un poco tarde. La estación de autobuses no era especialmente acogedora, como no lo es casi ninguna; salimos, paramos a un taxi y le dimos la dirección del hotel Syria, donde pasaríamos esa noche. Nos dormimos contentos, deseosos de conocer aquella ciudad tan hermosa. Pero esa ya es otra historia 😉

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