Viajes mochileros por el mundo

Gorée

Camino por la isla. El sol, antes alto, ha ido acercándose poco a poco al horizonte en las horas que han transcurrido desde mi llegada a la isla. Apenas queda nadie ya.

Ni rastro de los pocos visitantes que a mediodía recorrían las callejuelas soleadas y admiraban los baobabs. Tampoco se ven ya marineros, que habiendo vendido la escasa pesca del día han abandonado sus cayucos destartalados en la pequeña playa, esperando que mañana sea un día mejor. Saben que no lo será, y los cubos de plástico regresarán de nuevo semivacíos a la isla.

Las suelas de mis sandalias me han ido llevando de un lugar a otro, despacio, disfrutando cada momento, saboreándolo por ser único. Observo la vida, la gente, las construcciones en las que viven los lugareños. Las casas son en general robustas, de tipo colonial, con contraventanas de lamas de madera que dejan pasar el aire fresco y están pintadas de colores vivos. Algunas tienen amplios balcones que invitan a pasar días tranquilos leyendo en ellos, disfrutando de la vida.

Este rincón perdido del mundo tiene un aire alegre, y esconde una historia oscura. Y es que esta isla diminuta era una isla de esclavos, y fue uno de los puertos dedicados al tráfico de seres humanos desde África a las colonias americanas. Los negreros secuestraban a sus cautivos en el interior del continente y los enviaban a Gorée, transformada ya en un funesto almacén de hombres, mujeres y niños; aquí eran encerrados, clasificados y hacinados hasta que un mal día un poderoso navío arribaba a la costa pedregosa dispuesto a llevárselos al confín del mundo, lejos de todo aquello que habían amado. Para siempre.

Y ahora yo estoy ahí. Imagino el sufrimiento de las familias separadas, los gritos de desesperación, el sonido de las cadenas, los llantos inconsolables de quienes se sabían perdidos para siempre. Es demasiado atroz y doloroso, me remueve las entrañas. No comprendo cómo ningún europeo se conmovió ante tanto sufrimiento, cómo todos allí, desde científicos a misioneros, hicieron caja con el lucrativo negocio. Duele sólo de pensarlo.

El contraste con la escena que contemplo hoy es brutal. Los gritos que se escuchan son de alegría y el llanto es sólo un mal recuerdo. Veo a los niños correr libres por las calles, las ropas brillantes ondeando al sol entre dos baobabs, la alegría de las capulanas con que están confeccionados los vestidos de las mujeres. La vida radiante se ha despertado al marchar la mayoría de los visitantes, y la gente local aprovecha las últimas horas de luz para hacer sus tareas diarias, ahora que ya no hace un calor tan aplastante.

Algunas de las casas han sido restauradas y reconvertidas en alojamientos o museos. Pero la mayoría siguen albergando pequeños momentos anónimos mientras desafían el paso del tiempo, decrépitas y hermosas. Se ven algunos puestecillos de alimentos en la calle, en cuyos aromas y colores se deleitan los compradores, perezosos a la hora de elegir manjares. Me llama la atención una puerta envejecida de color azul pálido, con tantos desconchones como la fachada amarilla en la que se abre. “Taberna de los bucaneros”, rezan las letras pintadas en rojo directamente sobre la vieja pared. Sonrío para mis adentros. Lástima que esté cerrada a cal y canto.

Mis pasos me conducen hasta una casa grande, con dos alas a ambos lados y lo que debió ser un pequeño patio o jardín en la parte frontal, delimitado por un cercado. El estado del edificio es bastante ruinoso, y en muchos puntos la pintura de la pared se ha desconchado tanto que deja ver el ladrillo que hay debajo. Sólo la parte frontal conserva aún el color amarillo intenso con que lo pintaron. La verja de metal que se abre en el cercado no está cerrada, y algo me impulsa a entrar. Quizá no debería… Miro a un lado y a otro. Frente a la casa unos chicos juegan al fútbol, y una mujer de ébano pasea con su bebé en brazos. Nadie parece sorprendido ni molesto por mi presencia allí.

Traspaso el umbral y me veo en el patio interior. Entonces reparo en que en la casa, pese a la ruina, vive gente; en los balconcillos de los pisos superiores se ven ropas puestas a secar al sol. En ese instante empiezo a escuchar una música de tambores africanos, y camino hacia el lugar del que procede el sonido. Atravieso las estancias interiores, en las que sólo me observan los ojos sin cristal de los marcos de unas anchas puertas correderas. Las paredes, con la pintura caída, son un mosaico de tono amarillo, crema, blanco y marrón, y el suelo está cubierto de una fina arena que silencia mis pasos. Sobre mí, unas anchas vigas sustentan aún el robusto piso de madera. Aquella decrepitud encierra un encanto decadente que me fascina. Continúo hasta salir al exterior por el lado opuesto, hacia la música y el sol.

Un grupo de niños pequeños juegan en un rincón, bajo los arcos de una de las alas. Una luz dorada, hermosísima, lo inunda todo. En el patio que da al mar, hacia la izquierda, un grupo de jóvenes con el pelo cubierto por grandes gorros de aspecto rastafari parecen hipnotizados por la música que crean con sus djembés y tambores africanos. La escena es bastante curiosa. En una esquina, tres cabras comen de un caldero ancho de metal, ajenas a todo. Los niños se van, y aparece otro pequeñajo con un tambor en las manos, intentando tocar al compás que marcan los mayores. Me acerco al mar, y miro hacia ese horizonte en el que tantas personas perdieron sus sueños.

Entonces escucho risas a mi espalda. Empiezan a llegar más personas, atraídas por la música, y se quedan junto al mar. Ya no hay tristeza en Gorée. Yo retrocedo hasta el edificio, donde el espectáculo que ofrece la luz del atardecer es ahora maravilloso. Los rayos del sol pintan efímeros arcos dorados sobre los propios arcos del edificio, y mi sombra se alarga hasta el infinito al ir pasando por ellos. De pronto la música cesa, y miro hacia atrás. El sol está a punto de ponerse, y la gente empieza a abandonar el lugar despacio. Veo a los mismos niños de antes pasar corriendo, y a una chica que transporta sobre su cabello trenzado una enorme garrafa de agua.

Yo también he de irme, se hace tarde. Vuelvo sobre mis pasos y atravieso de nuevo la verja. A mí también me espera un barco, pero no para quebrar mis sueños.

Gorée

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